Jue, 03/12/2009 - 13:02
DEPENDENCIA DISCAPACIDAD AUTONOMÍA PERSONAL
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Considero esencial, en esta vida, disfrutar de alguna afición. Desde pequeñito he sentido una atracción muy especial por los coches.

Sentado en mi trona, frente a la ventana me fijaba en todos los que pasaban, reconociendo las marcas y modelos que mi padre me indicaba.

Llegó a tal punto mi grado de interés que, para comerme el puré, mi madre tenía que contarme el cuento de Alí Babá y los cuarenta Land Rovers. Por no mencionar que los colores los aprendí a través de los popos de mis padres, tíos, etc.

El mejor regalo que se me podía hacer eran los pequeños coches de Matchbox o Majorette a escala 1/64. Tenía tantos que, cada vez que iba a la tienda, me costaba encontrar uno que no tuviera y que, a la vez, me inspirara para jugar, porque cualquiera no me servía.

Pronto me di cuenta de que mis juegos eran distintos de los de los otros niños. Ellos jugaban con los cochecitos a malos y buenos, a persecuciones y a accidentes entre muchos vehículos.

Yo me divertía únicamente con imaginarme que los conducía. Me centraba en solamente un coche y lo exprimía a fondo. Diseñaba un perfil de persona que se amoldara al modelo de turno, aunque muchas veces me llevará la mayor parte del tiempo.

Iban pasando los años y ya no era bien visto seguir con juguetitos, así que un día al volver a casa y enterarme de que mi primo pequeño se había llevado mi coche de aquella época, un Mercedes 300 E azul, los dejé.

Por aquel entonces, ya tenía claro que no iba a poder conducir, cosa que asumí con una tranquilidad que a mi mismo me asombra. Era una simple idea real de la situación a la que no encontraba la necesidad de darle mas vueltas.

Seguí leyendo revistas de automóviles para saber lo que se siente al conducir cada modelo. Sus diferentes comportamientos, sus prestaciones y las sensaciones que proporcionan. Así, con el tiempo y sin pretenderlo, me fui haciendo con una importante cultura automovilística.

Quizá, toda esta obsesión se deba, en parte, a aquellos tiempos en los que mi tamaño me permitía sentarme al volante, encima de mi padre con su Chrysler 180 o de mi padrino y su XR3. La sensación de respuesta es algo que puede que se me haya quedado grabada en el subconsciente. Agarrando con fuerza el volante, les decía "pisa! pisa!".

Con mis primos viví lo que es sacarse el carnet y recorrer los primeros kilómetros como un L. El Ibiza de mi madre conducido por ellos parecía otro coche. No sé porque, pero lo apreciaba mucho mas. Supongo que sería porque me sentía mas identificado con ellos, algo lógico ya que hemos crecido juntos.

Me gusta ver como conduce cada persona y seguir la evolución del mercado automovilístico, estando al día de todas las novedades.

Y llegando a este punto, alguien podrá preguntarse a donde quiero llegar con todo este cuento, cuya moraleja dice que cuando algo te emociona en serio no hay barrera ni obstáculo que te impida gozarlo con salud y pasión, sin dar cabida a lamentos. Por muchas curvas peligrosas que se presenten en la carretera.

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Bibao 1978. Veterinaria. Tuvo claro nada más terminar la carrera de veterinaria que su futuro estaba sobre el terreno y no en consultas o clínicas de barrio. Después de trabajar en centros de recuperación de especies en Venezuela y Holanda, llegó a Indonesia en 2003 y quedó enganchada por la sensación de haber encontrado finalmente un sitio donde su labor podía marcar la diferencia. Desde entonces, Karmele Llano representa la esencia misma del compromiso personal con la sostenibilidad de nuestro Planeta y de nuestra propia dignidad como seres humanos, mediante la lucha por preservar de una...

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Revista Técnica de Análisis Socioeconómico 09

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